queso y dulce, agridulce inusitado, no requerido pero abdicado.
sentados ahí a pesar del frío del invierno, riéndose de qué, llorando una vez más, de qué y para qué desgastas tanto circuito imperioso, metodológicamente hilvananando imágenes distópicas, yendo de acá a allá, estando presente, ausente, dormida.
ese momento reciente no fué para nada interesante, no podría escribir nada sobre él, salvo esto que escribo, O. punto, tecla por tecla y espacio final, ahora que estamos bien, siempre estaremos bien, detrás del auto no había nadie, dije un chiste, ni siquiera me escuchaste, intenté ser graciosa y fuí letal, fuí torpe por negar , atiné a esconderme entre paralelas altas y filosas, frente a cualquiera, frente a alguien que se parece a mí, ni abrí tu correo, no pienso hacerlo, habitamos el futuro con tan pocas ganas, asimilando la cobardía y repitiendo a los clásicos, somos tan lentos, tan poco claros, tan contradictorios. la flaca que pasó caminando, la viste? tenía una onda expansiva a su alrededor mientras caminaba por el medio de la calle húmeda y amarilla, con el pucho en la mano, mirando las cosas.
sobre mirar las cosas.
la saturación decimónica, demoníaca, derivada. tengo bastante en claro varias cosas, todas menos las que sé.
nos quedamos calladas, no teníamos nada que decir. la zona era peligrosa, caían vidrios de las ventanas, pasó la cana a toda velocidad. buscábamos excusas, en realidad, mirando el despacho de la noche, poniendo la coartada del café, de la esquina del cuento, subterfugio idiota el del hablar del tiempo, observando ascensores azules, niños comiendo spaghetti, reflejos en el subterráneo, sonidos polares.