me seguiste.
entramos a un cuarto pequeño, atiborrado de muebles de aglomerado simil madera, humedecidos, deshojados, inestables.
un gran placard tapaba la mitad de la ventana,
por a ventana entraba un sol de domingo invernal. la otra mitad se ahogaba en la espalda astillada del parapeto, cuyas puertas yacían inconexas, en un intento de aproximamiento ineficaz, la de la derecha caída, amenazando con desvanecerse y dejar a la vista aquello que oculta y que en apariencia no eran ropajes, sino bolsas. entre lo que pude discernir, reconocí todas las remeras y camisas que habías elegido alguna vez para la ocasión, entonces alegre, de los frecuentes encuentros entre ambos. yacían colgadas, prolijamente, una al lado de la otra sostenidas de la soga por broches de plástico desteñidos por el sol. el techo era bajo, las prendas que atiborraban el espacio, llegaban hasta mi vientre y entorpecian mi paso, también
dificultaban el discernimiento de las cosas,
contaminaban el oxígeno, todo, con tu olor
con el olor a sexo de los cuerpos
con el olor a humedad de lo abandonado,
de lo triste,
de lo que muriendo vive y contamina.